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De John Travolta a Freddie Mercury: lo que ‘The Crown’ nos ha robado en la temporada 4

(Fuente: Ronald Reagan Library)

Cuando buceas en la Historia para descubrir si lo que has visto en la última entrega de The Crown sucedió tal y como nos lo han contado, te encuentras con cosas algunas cosas alucinantes que sucedieron y que Peter Morgan, responsable creativo de la serie, ha querido dejar de lado. Y a pesar de que soy consciente de que el metraje y el presupuesto son los que son, el resultado de los hallazgos ha sido frustrante porque los últimos episodios del drama histórico de Netflix podían haber explotado, aún más, el salseo de la familia real británica.

El creador de The Crown, temiendo quizá que su serie se convirtiese en una producción de Ryan Murphy llena de cameos y referencias, decidió dejar fuera tres momentos muy jugosos de la década de los años ochenta que, entonces y tiempo después, llenaron páginas de la prensa (la del corazón y la otra) y que podían haber dado a sus guiones mayor trascendencia histórica y, sobre todo, mayor interés mediático. El trabajo ya está hecho, pero no quiero dejar de comentarlos, para que nuestra imaginación juegue con lo que pudo ser y no fue.

Estrellas en la Casa Blanca

(Fuente: Ronald Reagan Library)

En noviembre de 1985, poco después de su regreso de Australia, Carlos de Inglaterra y Diana de Gales realizaron un viaje oficial a Estados Unidos. Tras pasar unas horas en Hawái, la pareja visitó Washington antes de terminar su recorrido en la soleada Florida. Durante su estancia en la capital del país, además de dedicarse a actos protocolarios asistieron a una cena en la Casa Blanca.

En aquella época, el presidente de los Estados Unidos era Ronald Reagan, que había acudido a la boda real cuatro años antes, aunque fue su esposa la que les invitó a su presidencial casa. Por aquel entonces la princesa era para los críticos de estilo estadounidenses la figura de la moda más carismática desde Jackie Onassis y la visita era vista por los medios como un respiro a las preocupaciones serias pero aburridas propias de una ciudad tan gubernamental.

Audrey Hepburn, Frank Sinatra o una jovencísima Meryl Streep fueron algunas de las personalidades de Hollywood que acudieron a sus cenas durante sus ocho años de mandato. Pero para esa cita tan especial en la que la realeza británica acudiría a la Casa Blanca, Nancy Reagan se tomó la molestia de invitar a los actores favoritos de Lady Di, entre los que se encontraban John Travolta, Tom Selleck y Clint Eastwood.

(Fuente: Ronald Reagan Library)

La cena, compuesta de mousse de langosta con cangrejo de Maryland, pollo glaseado picante y sorbete de melocotón, comenzó con un traspiés. Y es que el presidente se equivocó con el nombre de Diana en su discurso y ella no devolvió el brindis. Pero todo quedó olvidado a la hora del baile, que iniciaron los anfitriones con sus invitados. Poco después John Travolta, que por aquel entonces ya era la estrella de Fiebre del Sábado Noche y Grease, se acercó a la mesa de la Lady Di y la invitó a bailar.

Para cuando la pareja compuesta por Tony Manero y la “princesa del pueblo” alcanzó el centro de la sala se había hecho el silencio y era irrelevante que el Príncipe de Gales estuviese bailando con la bailarina Suzanne Farrell; el centro de atención estaba claro. Pero a Travolta y Diana poco les importaban las miradas ajenas, a la vista de las imágenes que se publicaron sobre aquel momento y en las que se ve a ambos disfrutando de la música, durante quince minutos, con ritmo y desparpajo.

Mucho más tranquilo, y arrimado, fue su baile con Clint Eastwood, que tenía 31 años más que la princesa. Según las crónicas de la época, Diana llegó a decir que estaba encantada de “bailar con un hombre más alto que ella”. Una experiencia que pudo repetir poco después cuando compartió una canción con el tercero de la lista de estrellas expresamente invitadas, Tom Selleck.

(Fuente: Ronald Reagan Library)

La presencia en la Casa Blanca de Carlos y Diana, quienes también disfrutaron en Washington de una visita a la Galería Nacional de Arte y a un centro comercial “para ver la promoción ‘Lo mejor de Gran Bretaña’ en los grandes almacenes JC Penney” continúa siendo para muchos expertos uno de los momentos más antológicos de las cenas de estado. Y aunque ya entonces eran conocidos por la calidad de sus fiestas, hoy los Reagan siguen siendo recordados como los mejores organizadores de los eventos que se han celebrado en la Casa Blanca.

El legado de Wallis

(Fuente: Netflix)

En 1986, catorce años después que su marido, Wallis Simpson falleció en París y, tras un funeral al que asistió la Reina junto al Duque de Edimburgo, los Príncipes de Gales y sus dos cuñadas, la Reina Madre y la Duquesa de Gloucester, fue enterrada cerca del castillo de Windsor. Conociendo el amor que se proferían, la familia real se tomó esto como un mero trámite de cara a la galería, pero es probable que lo que pasó después de que desapareciera “el elemento de la discordia” de la monarquía británica provocase largas tardes de té y chascarrillos.

En su testamento, la mujer del Duque de Windsor legó su colección de muebles de estilo Luis XVI, parte de su vajilla de porcelana y algunas de sus obras de arte al estado francés, en reconocimiento a la ayuda que el país les había prestado décadas atrás cuando buscaban un lugar en el que establecer su hogar. La mayor parte de su patrimonio se destinó a la fundación de investigación médica del prestigioso Instituto Pasteur, un acto de caridad que sorprendió en Buckingham porque en vida Wallis había mostrado poco interés por el altruismo.

Este patrimonio fue subastado en abril de 1987 en Ginebra por Sotheby’s, unos expertos en la materia que se vieron sorprendidos de la recaudación obtenida por el legado de Wallis. Ellos habían previsto que la venta total generaría unos 7 millones de dólares. La cifra final alcanzó los 45 millones.

(Fuente: Netflix)

A la cita, que se celebró en el sofisticado Hotel Beau-Rivage acudieron cerca de mil invitados en persona y otros tantos participaban desde Nueva York a través de la televisión por satélite. Y entre los que consiguieron hacerse con un pedacito de una de las colecciones de joyas más envidiadas por los amantes de estos objetos y los expertos en la materia se rumorea que estuvo Joan Collins.

Quién sí confirmó su identidad a la hora de hacerse con un broche de diamantes con la forma de las plumas y la corona del Príncipe de Gales fue Elizabeth Taylor, que pujó desde la piscina de su casa de Los Ángeles. Al final lo consiguió, por nada menos que 623.327 dólares, un precio que, según la actriz, mereció la pena por la amistad que los Windsor habían mantenido con su querido, y desaparecido, Richard Burton.

Otro de los pujadores más reconocidos de la subasta fue un tal Mohamed Al-Fayed, padre del malogrado Dodi, que se hizo con la mansión en calidad de usufructo que Wallis y su marido tenían en París, además de otros objetos como cartas de amor de la pareja, piezas de decoración, trajes y muebles. Un legado que el propio Mohammed subastó en febrero de 1998, después de posponer la fecha prevista inicialmente seis meses, tras la trágica muerte de su hijo y Diana en agosto del 97.

Mi amigo Freddie

(Fuente: Netflix)

A pesar de que Anthony McCarten, guionista de la película Bohemian Rhapsody, también desechó la posibilidad de llevar a la pantalla este pedacito de la historia de dos de las personalidades más conocidas de finales del siglo XX, desde que en 2013 la actriz británica Cleo Rocos plasmó en sus memorias una de sus juergas son muchos los que fantasean con esta noche de fiesta que comenzó viendo Las Chicas de Oro y acabó el bar gay más famoso de Londres, el Royal Vauxhall Tavern.

En 1988, según Rocos, ella, la princesa Diana, Freddie Mercury y el comediante Kenny Everett estaban pasando la tarde en casa de este último, bebiendo champán y viendo la mítica serie con el volumen apagado. Mientras se divertían poniendo voz a las protagonistas e improvisando diálogos que las habrían sonrojado alguien lanzó la idea de ir al conocido local. Y lejos de descartarlo, porque ya era una cara conocida en todo el mundo, Diana se apuntó y Mercury apoyó la idea.

Para evitar estar en las portadas al día siguiente la princesa sugirió que la vistiesen como un hombre para hacerse pasar por un “modelo gay excéntricamente vestido”. Everett le prestó una chaqueta militar, una gorra de cuero y unas gafas oscuras de aviador que no se quitaría en toda la noche y, según la autora, el resultado fue que Diana “parecía un joven hermoso”.

(Fuente: Netflix)

Tras conseguir entrar en el local, fue la propia Lady Di la que se plantó en la barra para pedir algo de beber y aunque solo estuvieron allí durante 20 minutos, todos ellos vivieron aquel momento como una hazaña. “Diana y Freddie se estaban riendo… Nos miramos, unidos en nuestra búsqueda triunfal. ¡Lo hicimos!”, escribió Roco.

Cuando la dejaron en el palacio de Kensington la princesa estaba pletórica después de haber disfrutado de un momento de anonimato y libertad que en aquella época ya no se podía permitir. E incluso insistía en que tenían que repetir aquella bonita y sorprendente velada.

A pesar de que no han faltado las voces que han desmentido esta noche loca de Lady Di, o que incluso conociese a Mercury, un musical independiente titulado Royal Vauxhall escenificó esta particular reunión de iconos. Además de mostrarlos enfervorizados por las drogas y el alcohol, el libreto denunció la culpabilización de la que fue objeto la comunidad homosexual durante los primeros años del SIDA, una causa por la que la princesa luchó durante años. El estreno de la obra se representó en el mismo bar al que Diana llegó vestida de hombre para dejar de ser “su alteza real” por unos minutos.

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