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El cliffhanger en ‘Stranger Things’: la utopía del entretenimiento

¿Por qué nos apetece tanto ver más ‘Stranger Things’? (Fuente: Netflix)

¿Ya has devorado la última temporada de Stranger Things? Pues claro que sí. Cómo no hacerlo. ¿Y qué sientes ahora, sabiendo que no volverás a ver a Mike, Once y compañía durante un tiempo (o quizá para siempre)? Esa sensación de vacío es un fastidio, sí, pero también es un arma poderosa para las compañías que, como Netflix, viven de las series y necesitan que quieras ver más. Y ahí entra en juego el cliffhanger.

El cliffhanger es, traducido literalmente, algo que cuelga de un acantilado: un detalle final que te deja con unas ganas irreprimibles de ver el siguiente episodio o temporada. No se trata solo de una trama que queda abierta, sino de algo que tiene efectos inmediatos para el mundo de la ficción: o volvemos con la próxima temporada o nos perderemos cómo sigue esto. Y con algo que juega tanto a la fórmula de lo adictivo como Stranger Things, se trata literalmente de colgar al espectador de un barranco.

Estos finales en suspenso (incluso el segundo, igual de flojo que la propia temporada) ayudan a generar expectación para los estrenos, que desde el melocotonazo de la primera entrega se han fijado en fechas señaladas como Halloween o el 4 de julio. Sin embargo, su significado es algo que va mucho más allá de meras estrategias comerciales. Porque, obviando las cifras astronómicas, Stranger Things no deja de ser una serie que maneja con soltura los géneros y la cultura pop, que emociona y que conecta con la gente. Repasemos, para empezar, los cliffhangers de cada temporada.

Parece que Millie Bobby Brown también disfrutó rodando. (Fuente: Netflix)

Primera temporada: la babosa

Después de recuperar a Will Byers de su cautiverio, veíamos al detective Hopper montarse en un coche desconocido, quizá del gobierno. Un mes después, la pandilla protagonista volvía a su vida cotidiana y Hopper dejaba Eggos en una caja en el bosque, invitándonos a pensar que Once no había muerto y que estaba en algún lugar del Mundo del Revés. Will, por su parte, vomitaba una babosa que parecía una larva de Demogorgon y que se escapaba por el desagüe. Al final, el chico tenía unas visiones en las que se sentía transportado al Mundo del Revés. En definitiva: varias líneas argumentales abiertas y señales concretas de que la cosa no había terminado.

Segunda temporada: el Azotamentes sigue vivo

La temporada dos de Stranger Things llegaba con una conclusión que dejaba una sensación de cierre mucho más firme. También tras un salto temporal de un mes, los Duffer nos llevaban a la emotiva secuencia del baile en el instituto, con Hopper y Joyce charlando en un aparcamiento y los niños descubriendo parte de su adolescencia. Al final, de una forma mucho más tosca y ambigua que en la primera temporada, la cámara literalmente se daba la vuelta y entraba en el Mundo del Revés, para mostrar que el Azotamentes seguía vivo y acechante, y sugerirnos que no tardaríamos en tener noticias suyas.

Y, por fin, los condenados rusos

En esta última temporada, después de la gran batalla en el centro comercial Starcourt, la elipsis no ha sido de uno sino de tres meses. Mientras que Steve y Robin hacían de las suyas, hemos visto a la familia Byers despedirse de sus amigos y de Hawkins. Con las gafas del cliffhanger, las señales afloran y nos indican que esta es una despedida cariñosa, pero no un hasta nunca: el camión en el que los Byers se mudan pasa de largo mientras nosotros nos quedamos con un cartel que reza “Leaving Hawkins. Come again soon”.

La pandilla vuelve a tener problemas con el Mundo del Revés. (Fuente: Netflix)

Este es quizá el cliffhanger más cliffhanger de la serie, en el sentido de que nos deja en una posición más incómoda. Cuando llegan los créditos, no suena la canción principal de la serie y el fondo habitual es sustituido por una imagen negra con nieve que luego descubrimos que es una cámara sobrevolando la noche de Kamchatka, Rusia. Allí, en una base militar, dos soldados arrastran a un preso para darlo de comer a un Demogorgon blanco que hay en una jaula.

Además, escuchamos que uno de ellos dice al otro “No. El estadounidense no” cuando se acerca a una de las puertas. Hay, entonces, un norteamericano encerrado en esas instalaciones. Podría ser Hopper, al que en realidad no vimos morir; pero también el Dr. Brenner, uno de los niños con poderes de la segunda temporada o el paranoide Murray Bauman. Pero la miga aquí no es quién será, sino cómo los hermanos Duffer han conseguido que todos estemos muertos de emoción por la llegada de una cuarta temporada que, a día de hoy, ni siquiera se ha anunciado.

‘Stranger Things’ hace del entretenimiento una utopía. (Fuente: Netflix)

Richard Dyer: la utopía del entretenimiento

La serie tiene la costumbre de cerrar con epílogos que ocurren un tiempo después de los hechos, pero nunca hasta ahora había colocado una escena poscréditos en un cierre de temporada. Con ello, esta tercera entrega de Stranger Things entra aún más en lo que el teórico Richard Dyer denomina el entretenimiento como utopía. Según él, el entretenimiento (contenido producido para generar beneficios) busca principalmente producir placer al público, y lo hace proyectando imágenes de ‘algo mejor’. Ficciones como Stranger Things nos ofrecen una vía de escape, una utopía, donde siempre hay alternativas y esperanzas.

Dentro de la cultura popular (y, de eso, Stranger Things sabe un poco), el entretenimiento funciona a base de esas tensiones entre la realidad y el placer que hay en el escapismo. Y ese placer es el que producen estos cliffhangers: la promesa de que la serie volverá. Morfina para soportar la espera. Así, sus finales en suspenso no significan otra cosa que la promesa sincera de que hay algo a lo que volver. De que nos reencontraremos con ese aroma de blockbuster veraniego, con ese espacio seguro, con esa cultura de la infancia. Porque, pase lo que pase, siempre nos quedará Stranger Things.

La tercera temporada de ‘Stranger Things’ está disponible completa bajo demanda en Netflix.

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