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‘La casa de papel’ 3: Apuntes para una revolución a la carta

El fenómeno que ha generado la serie española de Netflix implica también gran exposición para unos valores contestatarios

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El mono rojo y la careta ya son mucho más que un disfraz. (Fuente: Netflix)

Esta tercera temporada de La casa de papel ha puesto especial empeño en convertirse en la serie de todos. Álex Pina y el equipo de Vancouver han deslizado dentro de los ocho episodios dosis de diversidad sexual, funcional y cognitiva; una clara y omnipresente reivindicación feminista (dentro del propio grupo de ladrones, punto extra); o la muy importante y a veces poco señalada variedad de acentos: porque esta es una ficción española, que refleja a los españoles en su conjunto, y no todos tenemos una dicción vallisoletana. Sin embargo, un discurso mucho más potente ha vertebrado el resto de reivindicaciones que la serie enarbola en esta entrega: declarar la guerra al poder.

Aunque ya había señales en las partes anteriores, esta última apela mucho más claramente a símbolos y esquemas de una lucha antisistema que la banda hace suya para legitimar su atraco al Banco de España. Porque esta vez no es dinero lo que buscan, sino rescatar a Río, un compañero que el Gobierno de España está torturando para dar con los demás atracadores. Por muy ladrones que sean, el otro bando está cometiendo una violación de derechos humanos; por lo que esta tercera entrega de la serie parece tener muy claro quiénes son los malos y quiénes los buenos. A un lado del ring, los Robin Hood del mono rojo; al otro, el Estado y todos sus mecanismos de presión/represión, de las cloacas a la Guardia Civil.

Alguien replicará que no puede surgir una resistencia contra el poder desde un entorno como Netflix (hegemónico, al menos, en protagonismo mediático), pero las luchas no siempre tienen que venir de los márgenes. Esa visión reduccionista la resuelve la teoría neogramsciana, pero no puedo evitar explicarlo con este otro ejemplo: la propia The Walt Disney Company genera productos como Hannah Montana: La película, donde los malos malísimos son los empresarios que intentan destruir la vida sencilla de un pueblo para plantar un complejo comercial (sí, la misma Disney que posee miniciudades dedicadas al puro capitalismo, a las que también se criticaba con una esquizofrénica mala baba en el remake de Dumbo).

Hay nuevas incorporaciones a la banda. (Fuente: Netflix)

La verdadera resistencia

Así, el Profesor cambia su estrategia y decide apelar a un nuevo miembro de la banda, que es con mucho el más poderoso: el pueblo. El gesto de su desenmascaramiento en las pantallas de Callao es mucho más profundo de lo que se ve; ofrece cercanía y confianza, un “yo soy como vosotros”. Si a esto sumamos los zepelines que regalan a los ciudadanos dinero conseguido en el atraco anterior, la fórmula que busca la serie está clara.

La aparición del Profesor, además, recuerda a los vídeos de Anonymous, y la organización de las máscaras de Guy Fawkes es el ingrediente clave para este giro pseudoanarquista de la serie. Con el verdadero objetivo de la banda descubierto (alcanzar esas cajas rojas que guardan los secretos de estado y, con ello, comprometer a los poderosos exponiendo sus abusos), la inspiración casi mística que La casa de papel encuentra en figuras del leak como Julian Assange, Edward Snowden o Chelsea Manning se hace patente.

Al fin y al cabo, la serie es consciente de su impacto como producto, pero también como símbolo. Según la idea que le robo a Álvaro Onieva, esa secuencia con personas de todo el mundo apoyando a los atracadores es un homenaje a la legión internacional de fans que la serie ha cosechado, pero también un guiño a esas protestas reales que han adoptado algunos de sus elementos, como el Bella Ciao (antiguo himno antifascista puesto de moda por la temporada anterior), a modo de instrumentos ideológicos.

El objetivo de este robo no es el dinero, sino el relato. (Fuente: Netflix)

Y llegamos así al episodio seis, donde lo más importante de todo este tinglado de guante blanco sale a la luz. La autocaravana en la que el Profesor y Lisboa huyen se atasca en el barro de una localidad andaluza perdida de la mano de Dios. “Aquí no se han visto los zepelines”, bromea uno de los paisanos que descubren el panorama y que deciden, al final, ayudar a la banda.

En esta escena, como enésimo manifiesto político de la serie, los brazos del Estado (el guardia civil local, para el caso) aparecen como enemigos, mientras la gente (ese concepto abstracto que tanto reluce, LA GENTE) empatiza con la rebelión de los Dalís; incluidas las capas más llanas que, como estos, ni siquiera ven un beneficio directo (quién pillara esos zepelines…) en las acciones de la banda. Para rizar el rizo y que Gramsci se revuelva en su tumba, uno de los cómplices de estos ladrones anarcas lleva una pulsera de la España Viva de Vox.

“No nos callarán” y el falso mesías

“Todo lo que termina, termina mal”. Y esto, como todo, tenía que terminarse. Porque la temporada se acerca al último de sus episodios y el cerco cada vez se estrecha más sobre el Profe y los suyos. Por eso, después de ese magnífico momento rural, la atención de la serie vuelve sobre los atracadores y explora hasta dónde puede llegar verdaderamente ese espíritu de ídolos rebeldes. La misma crítica que puede hacérsele a la serie (es una revolución de superficie) se la hace ella misma a sus protagonistas: la estructura de la rebelión se tambalea, y llega el desencanto.

En ese mismo capítulo, clave para comprender lo ideológica que es esta temporada, Tokio discute con el resto de la banda sobre el uso de la fuerza bruta contra los cuerpos de seguridad. “Ahí fuera está nuestra gente” y “Hemos entrado aquí lanzando dinero, no bombas” son solo dos de las muchas maneras en las que este personaje y sus dudas nos recuerdan que el apoyo de la gente y el respeto a ciertos límites es necesario para ganar aquí.

Porque, de nuevo, el verdadero botín de esta temporada no es el oro, sino la victoria frente a las instituciones en la batalla por el relato. En estos términos, pensar en Felipe González y su guerra sucia contra ETA es ya inevitable. Aunque no lo explicite verbalmente, la serie de Álex Pina viene este año con muchas ganas de remover la memoria nacional.

Alicia Sierra pone las cosas difíciles al Profesor. (Fuente: Netflix)

Las apariciones de la manifestación que aúlla en el exterior del Banco de España apoyan esta idea. Ya sea a ritmo de rock molón o de guitarra acústica, los montajes de la protesta a las puertas de la institución se presentan siempre idealizados. En manos de los manifestantes, consignas como “No nos callarán”. Para cuando Río es entregado de vuelta a la banda, esto ya no es un operativo policial sino un baño de masas. El personaje de Miguel Herrán, criminal torturado por el gobierno español, es un verdadero ídolo de libertad y resistencia. ¿Que no? Revisad esos planos en los que el joven ladrón, pletórico y jaleado, levanta el puño (incido, el puño) tras su puesta en libertad; y luego volved.

Solo porque algo pesa mucho puede caer. Y lo que la banda había conseguido de cara a la gente de a pie era ya muy difícil de sostener. Después de la triquiñuela de Alicia Sierra, el profesor ordena a sus hombres entrar al trapo de la guerra, y lo bonito ya no es tan bonito. El trauma que genera que Río y Tokio vuelen por los aires un carro blindado (policías incluidos), y que permite un cierre de temporada climático a más no poder, no emana del hecho de que las cosas se vayan a poner feas, sino de la completa derrota en la guerra por dar el mejor mensaje.

Tokio cae en el suelo con los brazos en cruz, como la falsa mesías que ha resultado ser, y ese último My life is going on cantado en clave deprimente por Berlín condensa la crisis de un espíritu revolucionario que ya ha condenado el destino del plan del Profesor a falta de una temporada entera. La banda queda convertida en un becerro de oro a ojos de sus feligreses: si juegas a ser el bueno de la película, robar oro puede colar pero matar policías es otra historia. Y así, sin más, se apaga la llama. Y de la luz de la rebeldía queda solo ceniza. Y La casa de papel, que es la leche.

La tercera temporada de ‘La casa de papel’ está disponible completa bajo demanda en Netflix.

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