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La paella es para los dramas y otras conclusiones gastronómicas de la ficción española

El balance culinario de las series de televisión españolas en 2020 es pobre y especialmente doloroso

Paella en casa de Paca La Piraña en ‘Veneno’. (Fuente: Atresplayer)

A la hora de ver una serie, además de preocuparnos por la trama, los personajes y demás cuestiones propias de un producto audiovisual, cada espectador tiene sus preocupaciones. Hay quien tiene una capacidad asombrosa para encontrar fallos de producción y ver un tío en vaqueros detrás del Mandaloriano. Hay quien, siguiendo con la producción de Disney, es capaz de encajar las tramas en el universo de Star Wars sin despeinarse e incluso encontrar referencias de la pantalla grande. Otros tenemos que conformarnos con intereses más mundanos y, por qué no decirlo, mucho menos provechosos.

Cuando podíamos viajar, qué tiempos aquellos, las localizaciones eran mi primera preocupación detrás de la historia que me estaban contando; tanto que he llegado a inclinar la cabeza para ver si podía descubrir el nombre de una calle. Pero ahora que nuestro rango de acción turística está limitado, en muchos casos, a nuestra propia comunidad, mi cerebro ha encontrado una nueva fijación: la gastronomía.

Bittori había hecho paella para cuatro. (Fuente: HBO)

En realidad todo comenzó hace un par de meses cuando, viendo el segundo episodio de Patria, me encontré a la buena de Bittori preguntándole a Nerea si a su marido no le gusta la paella. Paella. Una señora de Donosti hecha y derecha haciendo paella cuando la familia viene a comer. Que no me parece mal, que a mí me gusta tanto y siento tanto respeto que ni siquiera me atrevo a ponerme con ella. Pero que no nos hemos pasado décadas alabando la maravillosa gastronomía vasca para que la serie que mejor ha representado a la comunidad y ha alcanzado relevancia internacional ponga a una señora de ocho apellidos vascos a cocinar para sus hijos y la elección sea una paella.

Apenas había reparado mi orgullo herido, como vasca amante de la buena cocina, cuando el plato más internacional de la gastronomía española volvió a aparecer en mi televisión, aunque en esa ocasión paella y cocinero se encontraban en una playa valenciana, a orillas del Mediterráneo. Mi desordenado calendario seriéfilo quiso que después de la paella de Bittori, que el bueno de su hijo no duda en elogiar, viniese la paella de Antonio. O el intento de la misma, porque en realidad el protagonista de Perdida tuvo que dejarla al fuego, sin probablemente terminarla, después de que Inma, su mujer, le preguntase donde estaba Soledad y la niña no respondiese a sus desesperados gritos.

Esas dos paellas, tal vez por puro deseo gastronómico, tal vez por fijación televisiva, volvieron a mi cabeza muchas veces después de verlas, y venían acompañadas del género de las producciones a las que pertenecen. La conclusión era clara. La paella, ese plato que todo el mundo disfruta durante sus vacaciones en territorio nacional, que despierta amores y (pocos) odios en las redes sociales, que cocineros internacionales de renombre han vilipendiado, que se ha ganado su lugar propio entre los emojis de Whatsapp, este año ha quedado televisiva e inevitablemente vinculada al drama.

Así se hace una paella by Paca La Piraña. (Fuente: Atresplayer)

Cuando comenté esto con mi compañero Álvaro Onieva, consciente de la laguna que había en mis visionados, amablemente me comentó “En Veneno también hay paella”. Y ahí que me fui, con algo menos de retraso que con la anterior, a disfrutar de una de las mejores producciones nacionales de este año y a contemplar con mis propios ojos el chivatazo. La vertiente de la historia que se ambienta en Valencia provocó cierta ansiedad por ver la aparición estelar del plato de mis anhelos, pero no tuve esperar demasiado. Porque en el segundo episodio y en un entorno que ni podría haberme imaginado, allí estaba. Veneno, sus amigas y la paella.

El lugar elegido con mucho acierto (y los que tenéis placa vitrocerámica coincidiréis conmigo en esta apreciación) para llevar a cabo la hazaña de hacer una paella como mandan los cánones era el salón. Allí, con su hornillo y su bombona de butano, Paca La Piraña comenzó con un buen chorretón de aceite para continuar con el pollo, las judías y las habichuelas al ritmo de la ópera de Bizet, Carmen. Un acompañamiento magistral con el que llegaron el resto de los ingredientes y el plano más revelador. El de Paca luciendo un delantal en el que se puede ver “Muy de Valencia. Muy de paella”. Aunque no tan claro como el “ir poniendo la mesa que vamos a hincharnos el coño de paella” que ella misma soltó después.

Este deleite gastronómico, tan explícito, tan natural, tan importante para aquellas mujeres de diversas maneras, no pudo sin embargo evitar que la premisa que me martilleaba la cabeza siguiese siendo cierta. La paella es para los dramas. Y como si fuese la máxima representante del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Arroz de Valencia me puse a pensar, y a buscar, otras vinculaciones gastronómicas con la ficción nacional, a ver si podía despojarla de su dramatismo, o al menos contrarrestarlo. Y lo que me encontré fue un panorama aún más desolador.

Las albóndigas de Juani, ¡ay! (Fuente: Amazon)

Porque, como diría una madre, las series españolas “no me comen ná” y los personajes acostumbran a tener poco tiempo para alimentarse y, mucho menos para cocinar. Al menos hasta que la acción corre a cargo de unas amas de casa y te encuentras con algunos de los platos tradicionales de la cocina nacional que hacen que al día siguiente quieras ponerlos en práctica en tu casa. Porque, gracias a Señoras del (h)AMPA, la ensaladilla y las croquetas de Manoli y el cachopo de Arancha, aunque estaba “asqueroso”, tuvieron su minuto de gloria en la primera temporada. Y la segunda arrancó con Juani metida en harina con unas albóndigas a la jardinera que tenían una pinta demasiado buena como para acabar, como terminaron, desparramadas por el suelo.

Hecha la salvedad, no voy a negar que siento cierta nostalgia de esos tiempos en los que la familia protagonista se reunía en torno a una mesa inacabable para compartir una de las comidas del día. No voy a negar tampoco que los (imposibles) desayunos de Médico de Familia, con emplazamiento publicitario incluido, despertaron en mi cierta envidia, además del evidente recuerdo grabado a fuego. Pero no es menos cierto que, en la vertiente gastronómica, las series de televisión españolas les ofrecen poco que llevarse a la boca a sus personajes. Y cuando lo hacen a conciencia, como en Nasdrovia, se fijan en la gastronomía internacional.

Si asumimos que los protagonistas tienen poco tiempo para meterse en la cocina y nos conformamos con el otro lugar esencial para nuestra alimentación, los restaurantes, la conclusión alimenticia no es mucho mejor. Los chicos de Antidisturbios tuvieron más tiempo que sus compañeros de Movistar de La Unidad para compartir mesa y mantel, pero nos quedamos sin saber qué escogen cuando tienen el placer de comer fuera de casa y disfrutar de los platos de un cocinero experimentado. Menos mal que Servir y Proteger salva el honor gastronómico de los cuerpos de policía de ficción apostando por el siempre socorrido e idolatrado pincho de tortilla de patatas.

Tosar reivindicando la cocina gallega. (Fuente: Netflix)

En Los Favoritos de Midas Víctor Genovés, que tiene el dinero por castigo, también recurre a la hostelería en un par de ocasiones aunque con resultado desigual. Porque si en el primer episodio podemos verle disfrutar, en compañía de su amiga Jose, de unas nécoras que te hacen anhelar cualquier escapada a Galicia, en el tercero se marcha del restaurante sin probar bocado después de que sus chantajistas le inviten a salir del local para ver como una nueva víctima de su desdén cae del cielo.

Mucho más seguro es recurrir al comedor de la empresa, aunque te toque soportar a quien menos ganas tienes de ver mientras comes. HIT y Madres han sido las encargadas de darle el protagonismo que merece a la cocina para colectividades, o lo que es lo mismo, el buffet que te encuentras en un colegio o en un hospital. Aunque la siempre “adorable” Lena se encargó de dejar por los suelos su reputación, porque si las lentejas siempre estaban malas, los macarrones eran aún peor.

Es probable que en este repaso gastronómico, al igual que a veces te olvidas de echar la sal, me haya dejado algún digno representante con el que engrosar esta lista. Pero la conclusión es clara. Un año después del festín culinario de Foodie Love mi fijación gastronómica está destinada a sufrir, y pasar hambre, porque parece evidente que como los personajes no son reales, no necesitan alimentarse. Y cuando lo hacen es para acabar vinculando algo tan apetecible y festivo como la paella con tres de los mejores dramas del año televisivo. En el plano culinario, la crueldad de los guionistas tampoco conoce límites.

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