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La verdadera razón por la que Netflix ha cancelado ‘Hoops’

En los cinco primeros segundos de la serie queda claro que vive de los chistes de pedos lanzados al albur de la risa floja

(Fuente: Netflix)

Han cancelado Hoops, una de las últimas comedias animadas de Netflix. ¿Alguien se sorprende? La serie creada por Ben Hoffman, que se estrenó en la plataforma en agosto de este mismo año, no ha pasado de los primeros días de diciembre antes de recibir matarile. Muchos especialistas han atribuido la cancelación a su incapacidad para dar con un nicho de audiencia fiel, pero también a la tibia acogida de una crítica que afeó su formulismo y su gratuita obscenidad. Puede que no se haya debido a ninguna de esas dos cosas.

No hay más que ver el primer capítulo; apurando, incluso diría los cinco primeros minutos del primer capítulo. Si me apretáis mucho, subo a los cinco segundos iniciales: estamos en un partido de baloncesto escolar y el árbitro pita una falta. “Oh, you inbred pile of donkey shit”, se presenta un personaje enfundado en un chándal azul. En la versión española el diálogo cambia un poco: “Pero ¿qué dices, puto cegato de mierda?”, se oye aquí. Parece que el doblaje al castellano quiso suavizar (relativamente) lo que en realidad vendría a significar “oh, tú, montón de mierda de burro de padres hermanos”. Ese personaje es el protagonista de Hoops y su, como mínimo, llamativa forma de expresarse debería ser desde ese instante el centro del episodio.

Sin embargo, el foco se pierde. Si un adulto, entrenador de un equipo deportivo de instituto, empieza a eructar barbaridades desde la segunda línea de diálogo que se escucha en toda la serie, es de esperar que eso tenga un porqué. Que Hoops justifique después, en natural progresión, por qué el protagonista habla como habla. Si el lenguaje transforma nuestro mundo, pero también responde a él, entonces el entrenador habla así porque piensa y siente así, ¿no? Pues no. En Hoops, lo vulgar es solo un acicate; la serie podría presentarse sin tacos y el meollo no cambiaría. El trauma del personaje, de hecho, lo explica –y mata– él mismo en el vestuario unos minutos después. Eso, en mi pueblo, significa que no es relevante.

La crítica que Indiewire publicó al estrenarse la serie quizá erraba el tiro, incidiendo en la repetición de gags soeces como un defecto. En Vulture afinaron algo más, tildando esas bromas de “inmaduras”. El problema de los chistes de pedos –y de ahí, para arriba– que dibujan el dechado de la animación adulta actual no son los pedos en sí. No es cuestión de rectitud, sino de que esas bromas zafias se lancen solo al albur de la risa floja. Tanto en BoJack Horseman como en Big Mouth, quizá los dos únicos ejemplos de comedia de animación malhablada que han podido desbordar, por frentes muy distintos, el silo homogéneo de Netflix, la palabrota tiene un propósito. Cada vez que el protagonista le jura los muertos a alguien da un paso hacia la compleción de su viaje.

En Hoops lo soez aparece únicamente como un barniz. Una capa prescindible que recubre otro tema, otro asunto, otra peripecia. Si se aplica ese barniz es, imagino, con la esperanza de que epate tanto al espectador que lo atrape durante diez medias horas. Otro tirabuzón distinto es pensar que esa estrategia programática tan beatilla va a funcionar con generaciones que han conocido la animación adulta por vías mainstream y no en archivos comprimidos de vicio pirata. Pero Hoops está en Netflix, a la vista de todo el mundo, donde el morbo de lo prohibido se desvanece. Estamos curados de espanto.

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