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Por qué abandoné ‘Shameless’ antes de su final (y no me arrepiento)

Antes de que se fuese Emmy Rossum, me fui yo con el dolor de ver que ocho temporadas no me habían llevado a ningún sitio

(Fuente: Movistar+)

El universo televisivo está lleno de paradojas y, en un año como este en el que el coronavirus se ha llevado muchas series por delante, una de las producciones más longevas de la pequeña pantalla ha conseguido cambiar su fecha de defunción. Porque Shameless estaba destinada a ocupar un hueco en esas listas tan propias de esta época del año, concretamente en la de las series que se despidieron en 2020. Pero el estreno de su última temporada se retrasó por culpa del coronavirus y, si la memoria no nos falla, estará en la lista del año que viene.

Hasta en su despedida se ha alargado innecesariamente la producción de Showtime que, durante once temporadas, nos ha contado las idas y venidas de los Gallagher, una familia disfuncional de Chicago liderada por un padre borrachuzo que, en teoría, debía hacerse cargo de sus seis hijos. En la práctica, los chiquillos se organizaban como podían, enfrentándose a los problemas propios de su edad y de su clase social, esa que tiene que hacer malabares no para llegar a fin de mes, sino al final de la semana.

Yo fui una gran defensora de los Gallagher, disfruté como una enana viendo crecer físicamente a los más pequeños y madurando a los más mayores, las perrerías que le hacían a su padre las sentía como mías y sus buenos momentos, aunque eran escasos, me provocaban una sonrisa. Y luego los abandoné. Pero lo hice sin remordimientos y sin pena. Porque después de ocho temporadas, me rendí, cansada de que los arcos narrativos fuesen un calco de las entregas previas y las luchas vitales siempre fuesen las mismas.

(Fuente: Movistar)

No es un abandono del que me sienta orgullosa, porque para cuando lo hice ya habían pasado más de ochenta episodios, pero pudo más el tiempo que me quedaba por invertir que el que había estado viendo que ni sus miserias ni sus personalidades autodestructivas iban a cambiar. Nunca imaginé que, como algunas tramas llegaron a dibujar para torcerse en el último momento, sus vidas fuesen a cambiar radicalmente y, como es propio de la ficción, les aguardase un final feliz y sin apuros. Mi decepción nació del cansancio de ver una y otra vez los mismos errores, los mismos recursos y las mismas soluciones desesperadas. Porque en la vida siempre llega el momento de dejar a esa persona que no te aporta nada y que, por muchos consejos que le des, sigue corriendo hacia un destino equivocado una y otra vez. Shameless era esa persona y yo, en 2018, no tuve paciencia para ver un nuevo tropezón.

Emmy Rossum tampoco la tuvo y después de nueve temporadas abandonó la producción. Paradójicamente, lo hizo una temporada después de conseguir que le pagasen lo mismo que a su compañero de reparto, y padre en la ficción, William H. Macy. Él es un intérprete sobresaliente que en los últimos años ha estado nominado en varios galardones del medio, pero que nunca ha sido reconocido por su interpretación de Frank Gallagher, un ser despreciable que, en algunos momentos, ha llegado a ser una parodia de sí mismo.

(Fuente: Movistar)

Cuando pienso en lo que me gustaría que mi serie favorita del mes se alargase hasta el infinito o me apena que cancelen mi producción de cabecera, siempre me acuerdo de Shameless y me viene a la cabeza el manido “marcharse con dignidad”. Porque más vale irse a tiempo que repetirse y aunque los directivos se equivoquen cancelando buenas ficciones, también fallan a la hora de permitir que sus series se arrastren por la parrilla innecesariamente.

Buena prueba de ello, y de que no estoy sola en mi abandono, son las audiencias de los Gallagher. Aunque remontaron en la octava temporada, probablemente gracias a Netflix, han perdido medio millón de espectadores en cada una de las siguientes entregas y, ahora mismo, tienen menos audiencia que cuando llegaron a la televisión. Así que entre ver todas las semanas algo que ya has visto o descubrir nuevas historias, parece que (vaya locura) los aficionados a las series prefieren lo segundo. Por mucho que, alguna vez, hayas querido más a los Gallagher que a tu propia familia, en la seriefilia el amor tampoco es eterno. Y menos cuando la oferta televisiva viene más cargada que Frank en algunas de sus épicas y recurrentes borracheras.

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